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viernes, 24 de febrero de 2017

La Bruja. El miedo habita en nosotros.

                    

La Bruja (The Witch) 2016, es un paseo visual (y conceptual) por el gótico americano. Desde el puritanismo reflejado en la obra de Nataniel Hawthorne, su universo crepuscular y el concepto de la culpa (La Letra Escarlata), hasta la alegoría de represión macarthista de los años 1950 que representó “El Crisol” de Arthur Miller (Las Brujas de Salem) o la bergmaniana “Gritos y Susurros”. Aunque en “El Crisol”, la vertiente sociológica cobraba más importancia que en “La Bruja”, donde el microuniverso familiar es reflejo de una sociedad enferma de fanatismo y superstición, El interés crematístico llevó a presentar el tráiler de este film como si de una cinta de terror al uso se tratara. Nada más lejos de la realidad. Los palomiteros compulsivos, amantes de sierras mecánicas, cuerpos eviscerados y demás parafernalia, fueron los más decepcionados. 

Lo verdaderamente perturbador de este film, procede del  interior de los seres humanos. De esa naturaleza cruel y desoladora, de la excelente fotografía desaturada de Jarin Blaschke; desnuda y fría; con influencias de la pintura holandesa, donde yermos ocres desasosegadores y la luz de las velas, condicionan la vida. Incluso el claroscuro de Caravaggio (véase "Los Discípulos de Emaús") aparece en la escena de la cena familiar, orando antes de cenar. Sin obviar las influencias fotográficas del  Barry Lindon de Stanley Kubrick. A lo largo de la cinta es fácil rastrear constantes que nos remiten al aislamiento protector de la comunidad cerrada de “El Bosque” (2004), al proceso de hundimiento en los abismos de la locura de “El Resplandor” (1977), o "El Demonio" (1963), dónde ya se mezclaba el drama costumbrista, el fantástico rural, el poder de la superstición y la demonización de la mujer, como expiación de problemas colectivos de otro nivel. Con el miedo provocado por la superstición como motor de su mundo, la familia; aislada; comienza un proceso de degradación y desestructuración moral. 

El drama culmina con un proceso de insanía fanática, provocado por el desconocimiento y el desasosegador mensaje del credo calvinista. Deudora de los conceptos de Jacques Tourneur sobre “insinuar y no mostrar”, el guión de este repaso a la mitología de la América colonial, opta por la economía en recursos narrativo. El tempo a fuego lento, incluso con diálogos teológicos (basados en coloquios puritanos reales), que nos van introduciendo en el mundo sellado y hermético de esta familia. De no ser por las tomas de exteriores y el pictoricismo flamenco, estaríamos ante una malévola pieza de cámara apta para representarse sobre un escenario. El verdadero terror de este drama bergmaniano se encuentra en los conceptos fanáticos, la hechicería y los miedos que la ignorancia sembraba en las mentes de esa época. Una superstición que hace desfilar por este hogar asfixiante, todos los pecados capitales, que se acrecientan con la sexualidad naciente de Thomasin, convertida en doncella menstrual (clara asociación  con lo demoníaco). En el extremo de tener que clasificar esta obra inclasificable, podría encajar dentro de un terror minimalista de cintas como “Babadook”, o ese subgénero de "terror folk" británico, que se alimenta directamente de los ritos paganos europeas, de las tradiciones y de la mitología de la era precristiana. 


La temática habitualmente se desarrolla en naturalezas rurales, campestres, muy alejadas de las grandes urbes y de todo lo lo que tenga relación alguna con  progreso y tecnología. (El Hombre de Mimbre, Arde, bruja, arde). El mismo director aclara que se trata de «Una historia del folclore de Nueva Inglaterra». El diseño de producción apuesta por el costumbrismo y lo cotidiano como herramienta para introducir al espectador en la endogamia mística, la mentira, el despertar sexual y las decepciones que van cultivando los protagonistas hasta que explotan. Hay retazos de “Otra Vuelta de Tuerca” en los juegos maliciosos e impropios de los niños con el carnero al que apodan Phillip the Black y en sus terribles cancioncillas. Un “Phillip the Black” que remite sin duda a aquella rareza hablada en esperanto (Incubus. 1965) con clímax final donde aparece un carnero similar
 
«A crown grows out his head / Black Phillip, Black Phillip /to nanny queen is wed /Jump to the fence post, / Running in the stall. / Black Phillip, Black Phillip / King of all. (...)  
La iconografía de la cabra está extraída directamente de la pintura (con permiso del Goya de la época negra), ya que es una animal perteneciente a la mitología ibérica. Los animales relacionados con el “Maligno” en el folklore anglosajón son gatos, aves, perros, etc. No hay cabras en la tradición de Nueva Inglaterra, salvo excepciones como el cuadro de Hans Baldung:  “The Witches Sabbath”, dónde la bruja cabalga sobre un macho cabrío. La América colonial no era dada a estos rumiantes de amplia raigambre en el misticismo europeo.

 La versión original hace uso del inglés arcaizante, que introduce aún mucho más en la dureza, hábitos y modos de pensamiento de la época. También permite disfrutar la voz del patriarca (Ralph Ineson (en una naturalista y gran interpretación, que se dispersa un poco hacia el histrionismo al final de  la cinta. En los títulos de crédito se aclara que muchos diálogos han sido entresacados de cuentos, relatos y archivos judiciales de brujería reales del siglo XVII. El hachazo definitivo a la familia llega con la pérdida de la pureza del niño en brazos de una bruja, (Sarah Stephens, modelo de Victoria's Secret), de hermosura terrible. El árido paisaje respira como un personaje más, latente. Acechando como un dantesco “locus horridus”. 

El bosque aparece como un personaje más en la amplia tradición oral. Un lugar de olvido en las narraciones arcanas como Pulgarcito, la versión de Perrault, y Hansel y Gretel. En ambas obras se repite el motivo del abandono de niños en la espesura. Un lugar horrible y peligroso donde habita lo desconocido. Casi palpitante. Con referencias al primer Peter Weir y la naturaleza como una presencia acecharte de “Picnic en Hanging Rock”. Destacar la interpretacion de la bisoña Anya Taylor-Joy, (Thomasin), que envuelta en fotografía tenebrista, con querencia del pintor Vermeer, compone un personaje complejo y de clara evolución narrativa. También el portentoso papel de Harvey Scrimshaw (Caleb), sin olvidar a los pequeños e inquietantes Mercy y Jonas. La bruja de referencia, existe. Es real, no una creencia supersticiosa en el imaginario de la superstición. Pero es más un catalizador del verdadero terror del ser humano. El que anida en el egoísmo, la intolerancia y la ignorancia. Este si que causa terror. De ese lado, oscuro y perturbador, hay mucho en esta película. Y nos produce mucha más inquietud que las brujas del Pandemonium, poco recatadas y retozando “a póil” con sus hongos alucinógenos y su retorno a la naturaleza. Atávicas, libres de corsés culturales y ropa. ¿O es acaso Thomasin la que ha ingerido cornezuelo de centeno para escapar a la realidad, y sus conversaciones con el astado son imaginarias? Quien sabe….
 
Banda Sonora
El soundtrack de Mark Korven (Cube, La Dimensión Desconocida) echa mano de graznidos, grillos, etc. No existe un leitmotiv asociado a la bruja, con corales para los aquelarres y partitura experimental polifónicamente. No es una obra musical complaciente. Es áspera e incómoda como la película donde habita, con temas de aire feérico como “What Went We” O Caleb´s Seduction de carácter atmosférico y claramente descriptivo a nivel psicológico, donde la polifonía experimental (con sintetizador) alcanza cotas casi irritantes. “Foster the Children”, es un llanto de notas largas. Pueden rastrearse influencias de húngaro György Ligeti y de sus obras "Lux Aeterna" & "Requiem."
Lo mejor: El pictoricismo de Ontario, homenajeador y pleno de referencias. Las potentes interpretaciones. Su simbolismo de los terrores del subconsciente.
Lo peor: Que se acuda a verla como una película de terror, debido a la estrategia engañosa de la distribuidora.
Curiosidades. En aquella época los cultivos se veían afectados por unos hongos que acusaban efectos alucinógenos en los consumidores. El cornezuelo del centeno acababa mezclado con la harina, provocando convulsiones, visiones, delirios ¿brujería?
El personaje misterioso que habla con Thomasin viste ropa de un soldado español de la época.
Algo tan trivial como probar el sabor de la mantequilla le es ofrecido a Thomasin como posible regalo. En aquella época sólo las clases acomodadas podían probar tales alimentos.
Thomasin escribe en el Libro de las Sombras para eliminarse  del Libro de la Vida.
La grafía del cartel está realizada imitando panfletos de brujería jacobinos de la época donde la W se escribía VVitch.
La minuciosidad en el diseño de producción, llevó al director a reproducir un plano de una cabaña de la época.

 

domingo, 19 de febrero de 2017

Los Últimos de Filipinas. Morir bajo tu Cielo.


Siempre hay que recomendar prudencia a la hora de aproximarse a ese pretendido “género histórico” que; hoy en día; parece instalarse con comodidad en el mercado. Aunque también lo haga entre lectores poco proclives a continuar; tras la lectura del libro; la investigación particular para averiguar que aspectos han sido novelados (in stricto sensu) e investigar que personajes, situaciones y conceptos han sido cambiados o aprovechados por el autor, navegando muy por encima de las realidades históricas y antropológicas. No es preciso que estas obras sigan la estela de monumentos literarios como “El Nombre de la Rosa”; enciclopédica aproximación histórica; plena de detalles fidedignos, conceptos y personajes verosímiles. Habitada de criaturas reales y palpitantes. El principal escollo que encuentra el lector amante de esta variedad literaria, es el sinnúmero de ediciones “pretendidamente” históricas, cuya única relación con el género consiste en situar a los personajes en un determinado escenario cronológico. Pero sin aportar geografías, hechos verídicos y (sobre todo) pensamientos o acciones conformes al ideario de la época. Otro de los peligros, nace de los que reescriben la historia alimentados de ideologías funestas o sectarismos interesados. Autores de los que hay que escapar “a toda priesa. Su aportación; cuando menos; devendrá  opúsculo mostrenco y manipulador. Juan Manuel de Prada aborda el sitio de Baler (Filipinas) con notable conocimiento de lenguajes, costumbres y formas de pensamiento acordes a la época. 

Trata con respeto al lector (lo cual es de agradecer). Se ciñe a hechos históricos, pero sin detrimento de la capacidad de novelar, de crear personajes sólidos, certeros y ¿por qué no? con variaciones que enriquezcan el corpus novelístico, sin afectar en exceso la verosimilitud histórica. Es el caso del personaje, reinterpretado por el autor, del capitán Saturnino Martín Cerezo, presentado como un desnortado, víctima de los acontecimientos personales. Quienes hayan leído el libro “El Sitio de Baler, notas y recuerdos”, escrito por dicho oficial, sabe que nada tiene que ver aquel equilibrado miajadeño, con la creatura nacida del imaginario de Juan Manuel De Prada. No es De Prada un autor accesible para el lector medio. Su fresco histórico sobre la resistencia (absurda y heroica) del último reducto español en Filipinas, es la mostración de un imperio de cartón-piedra. Un imperio donde se ya se estaba poniendo el  sol. El estoque para esta quimera lo daría la historia durante la Guerra del Rif. Al igual que en Filipinas, tan sólo trajo dolor y destrucción absurda de vidas humanas, para devolver territorios que no correspondían a la bandera de España. En aquella contienda estaba latente el germen de la guerra que después partiría en dos la sociedad. Una guerra cuyas consecuencias aún se sufren, cuyas heridas siguen abiertas. Juan Manuel de Prada había revisitado esta contienda en su obra magna “Las Máscaras del Héroe”. Una novela coral (sin duda de las mejores de los últimos tiempos). Homenaje nada velado al esperpento, a la bohemia y ajuste de cuentas (valleinclanesco, por supuesto) con  determinados personajes históricos e ideologías. El escritor hace uso de una cruda narrativa; áspera y escatológica; creada con  diáfana intención de “epater le burgeois". Posteriormente en “El Séptimo Velo” el autor refleja, con su habitual prosa, la Francia ocupada. Sin duda sus cimas estilísticas se hallan en  “La Vida Invisible, una road-movie anímica en busca de una pin-up de los años 50.  Barojiana busca. Sórdida, con gran destreza narrativa y juegos con los paralelismos. Una apuesta metafórica de gran inventiva. En el libro de cuentos “El Silencio del Patinador”, el virtuosismo estilístico de este heterodoxo llega a su cumbre. No sólo en lo externo o la envoltura. La capacidad que posee  la pluma de De Prada para la ironía, para fustigar a los enfermos de mediocridad en este aquelarre lingüístico, roza la matrícula de honor. Por “Desgarrados y Excéntricos, desfila toda una “Santa Compaña” de gárgolas literarias, de deformidades volitivas, parodias de humanidad con nombres de “literatos bohemios que soñaban con ser literatos” (entre ellos el propio protagonista de “Las Máscaras del Héroe), junto a la fracasada comparsa de literatos malditos como Buscarini o Silverio Lanza. En Su obra primeriza “Coños, una burla metódica de los géneros, con un nada oculto “título-homenaje” a Gómez de la Serna, ya aparecía su gobierno insuperable de la retórica. El goce de coquetear con la fina ironía. Ese barroquismo “sucio” donde lo sicalíptico, lo grotesco y lo grosero se subliman a través del lenguaje ¡Y que lenguaje!


“Morir Bajo tu Cielo” narra una historia absorbente con un envoltorio estilístico que no gustará a determinados lectores. De Prada se halla en ese dudoso podio donde también se sitúan autores como Muñoz Molina o Javier Marías, de digestión harto difícil para algunos lectores más habituados al “fast food. O para aquellos adoctrinados y de lectura sectaria, que no consiguen ver el bosque a causa de los árboles. La obra está documentada con seriedad, incluso con el uso de la variedad lingüística de la zona; algo que agradece el lector con pedigrí de novela histórica. Hay un respeto cronológico en lo épico y en lo cotidiano y las tramas paralelas se funden sin que chirríe la lógica narrativa. No renuncia  el autor a la dialéctica de matices filosóficos o morales, pero sin abandonar nunca su domino de la ironía y el sarcasmo. Los personajes tienen fisicidad. Son palpitantes y reales, a pesar del anacronismo que se desprende de algunas conductas, perfectamente admisibles en el terreno de la ficción. Son pocas las situaciones que ha reformado o adaptado con respeto a los  hechos históricos, únicamente las que se derivan de las acciones o pensamientos de los personajes imaginados. La novela es un catálogo exhaustivo de aquel momento histórico, de personajes y situaciones que se introducen bajo la piel por su humanidad y excepcionalidad. Sórdidos lupanares, la terrible sociedad secreta Katipunan, villanos patológicos y rocambolescos, los cazadores de cabezas ilongotes, monjas anacrónicas; adelantadas a su tiempo; desertores, espíritu folletinesco y toda una panoplia de seres humanos plenos de virtudes y bajezas. Con algunos instantes deudores del más puro wenstern, frente a diálogos donde la crítica social o la denuncia de unos gobiernos ineptos y nefastos, causantes de las desgracias de sus ciudadanos, aparecen con dolor y tristeza. Aquella España de la Restauración, espejo de otras posteriores, donde campaba la corrupción, el fariseísmo y la codicia, recibe un repaso contundente y necesario. Quien desee avanzar en el conocimiento real de esta “hazaña” histórica tan solo debe acercarse al libro escrito por el protagonista real de los  hechos, donde en idioma arcaizante; como corresponde; podrá seguir el devenir real de aquellos acontecimientos que llevaron el sufrimiento innecesario a tantos hombres, en la pluma del capitán, oriundo de Miajadas.

Otro libro escrito por Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March,, correspondiente a los Episodios Nacionales Contemporáneos, tomo nº 2, titulado “Héroes de Filipinas”, se encuentra lejano al acontecer político e histórico, que ya había sido tratado en el tomo correspondiente a Cuba. La visión de este matrimonio de escritores está centrada en incidentes novelescos, de exaltación épica de la lucha colonial en aquel archipiélago. Prevalece la vitalidad narrativa, más que la insistencia en corruptelas políticas o denuncias sociales. El periodista Manu Leguineche; profeta de la narrativa periodístico/histórica; escribió “Yo te diré”, homenajeando el título de la canción que se utilizaba en la película “Los últimos de Filipinas”. Con su habitual y entretenida prosa, a caballo entre el reportaje y el guión cinematográfico, nos cuenta los últimos días del Imperio de Ultramar, con aparición del escritor extremeño Felipe Trigo. Lorenzo Mediano es el autor de “Los Olvidados de Filipinas”, una novela donde predomina la acción, basada en su abuelo y en hechos reales, no exenta de presentar personajes abyectos en todos los bandos. La novela es un paseo bastante completo por Filipinas, sus pueblos, su cultura y las consecuencias de una guerra no convencional. La profunda religiosidad de la época y los testimonios que aseguran todo lo contrario. En cuanto a las versiones cinematográficas nos encontramos con dos claros ejemplos de manipulación ideológica. “Los últimos de Filipinas”, de Antonio Roman (1945) es un claro ejemplo de cómo la producción española se dividió en dos claros frentes: el folklórico y el de exaltación bélico/nacional, para reflejar las virtudes y mitos del ideario nacional. Ejemplo señero de utilización ideológica y panfleto del Régimen, con los valores de la falsa epopeya. Teñida de un rancio concepto de militarismo y sentimiento patriotero, para mostrar al mundo una nueva epopeya numantina. En el caso de “1989. Los Últimos de Filipinas, de Salvador Cano (2017) nos hallamos ante el frente contrario. 
Una notable producción cinematográfica, donde la manipulación (o el desconocimiento) intentan imbuir en unos personajes de aquella época, pensamientos, actitudes y motivaciones imposibles históricamente, en aras de una nada sutil ideologización con diálogos dudosos y anacrónicos. Analizar el impacto en el público de una novela de estas características precisa de un conocimiento previo del terreno. Siendo el cainismo una de las características mas arraigadas en nuestro terruño, donde a locutores, escritores o artistas se les juzga por pertenencia (o no) a la cuerda de cada uno. No es difícil escuchar anatemas, sapos y culebras contra determinados profesionales en función de que no pertenezcan a la ideología (o al sectarismo) de quien se expresa. Estos parámetros para juzgar asuntos culturales, no tienen cabida en un país maduro, que debe juzgar el trabajo de un profesional por su calidad o aportación. Independientemente de la cuerda. Hoy por hoy esto es un sueño en nuestra sociedad.
Por esto, De Prada levanta tempestades, como el título de su novela ganadora del Planeta. Adivino que le traen al pairo el rasgado de vestiduras entre sectores radicales y ágrafos.
En “Morir Bajo tu Cielo” están las constantes y estilemas del autor: la querencia por el adjetivo, los neologismos, la redención del sustantivo arcaizante, las persistentes referencias culturales y juegos de palabras, que dificultan el acceso para el prototipo de lector “reader´s digest”, de digestión rápida. Los personajes están vivos, palpitantes, preñados de ese “dolor de España” noventaiochista. Con algún desliz maniqueísta en los villanos y una acción trepidante. Incluso en los instantes de reflexión sesudo/filosófica, el lector avezado disfrutará de la profundidad de los diálogos y el  hábil manejo de un lenguaje barroco. Un idioma virtuoso, de los que se echan de menos en las estanterías y anaqueles. Novela histórica con mayúsculas, habitada de héroes fordianos, con pies de barro. Henchida de espíritus indomables, con aroma de folletín decimonónico. De Prada se ríe, con su pluma espeleológica, de los peces de colores. Se burla de la literatura que tras una pretendida “modernidad” esconde la ignorancia de oración/sujeto/predicado. Amén del desconocimiento de adjetivos, juegos lingüísticos y contradicciones, que él maneja con precisión de orfebre. Se parte la caja de la literatura que únicamente esconde tras la torpeza (y la pobreza) de su arquitectura narrativa, la pestilencia de  panfletos sectarios y adoctrinamientos. Eventos celebrados con bombo y platillo por los pesebreros, monaguillos y palmeros varios de la cuerda reinante. “Morir Bajo tu Cielo”, verso extraído de un poema de Jose Rizal, es una novela con mayúsculas. Un desfile procesional de masones obnubilados, revolucionarios pordioseros, yanquis trapaceros, descripciones solanescas, para una epopeya quijotesca e innecesaria (como toda epopeya), con homenajes a “La Reina de África”. Fue pergeñada hace años como guión, para una posible película con Jose Luis Garci. Una novela enorme, densa,  nacida de la pluma agraciada de uno de los mejores escritores de su generación. Si a alguien le pica, recomendamos el rascado compulsivo…





jueves, 16 de febrero de 2017

Grupo Vocal “Olisipo”. Ciclo Juan Vázquez






Con un programa cimentado en la polifonía mortuoria en la frontera lusitana, el grupo vocal Olisipo; que toma su nombre de la antigua denominación de Lisboa; desgranó  un repertorio de gran belleza y dificultad, donde se recreaba una Misa De Réquiem Ibérica en los albores del siglo XVI. Algunos autores, consideran la primera Misa de Réquiem de autor ibérico, la que fuera escrita por Pedro de Escobar. Nacido en Évora y autor de un Réquiem a cuatro voces masculinas, que se encuentra en un manuscrito de la catedral de Tarazona. Probablemente fue compuesto para los funerales de algún miembro de la familia real castellano-aragonesa. Según la musicóloga Tess Knighton, fue el Réquiem que se cantó en las exequias de la Reina Isabel La Católica el año 1504. El grupo “Olisipo” dejó patente el empaste de sus voces, su dominio del tempo y de las distintas líneas melódicas que se entrelazaban y mixturaban con enorme belleza. Comenzó la agrupación ofreciendo una espléndida interpretación de los “Responsorios de Maitines de Viernes Santo”. Escritos por un evorense: Francisco Martins. La agrupación enlazó los nueve responsorios; de hermosa armonía y marcado efecto dramático; que compusiera el que fue maestro de la catedral de Elvas. En el libro de Cuaresma, 4vv, tan sólo refieren “8 Responsorios de Semana Santa”. Ribeiro, Mario Sampaio (1954), 8 responsorios de Semana Santa: “Francisco Martins a transcribir a notación moderna y revisada por Mario de Sampayo Ribeiro. Lisboa: Sassetti.”





De  especial sentimiento y hondura en la interpretación, resultó el último salmodio: “Caligaverunt”, engrandeciendo la belleza trágica de los melismas del día de la Pasión. Sobre Martins existe una anécdota relacionada con un tal Remigio, músico de la catedral de Badajoz, que respondió ante la siguiente copla, compuesta al Santísimo Sacramento por el portugués: 





                                               La facilidad es sol la
                                             La que luze en mi letrilla
                                             Mi re, y re mi re se toda
                                             Pues es so la peregrina




Ante el hermético chiste, el pacense había respondido componiendo un villancico sobre las seis notas del hexacordo natural. Al parecer el maestro luso, le respondió con otra letrilla juguetona.


Versa est in luctum”, de Estêvâo Lopes Morago, abrió la segunda parte de este recorrido musical por la “raya” hispano-lusa y la formidable  "Escuela de Évora".
El compositor Estêvâo Lopes Morago (en realidad Esteban), nació en Vallecas, anduvo por la Catedral de Badajoz y fue alumno del maestro Phelipe de Magalhâens (Azeitâo. 1571). Su obra, de gran audacia armónica, tiene querencia por la disonancia. En el impresionante motete de difuntos interpretada por Olisipo “Versa est in luctum,” pueden rastrearse sacudidas repentinas de homofonía rítmica, que son típicas de algunas de sus obras, ancladas en el Stile antico (proto-armónico). Este posicionamiento estético le permitió componer  algunas de las partituras más espirituales de la polifonía lusa. El lamento de Job en “Versa est in Luctum” destila una melancólica belleza:

A minha cítara converteu-se em pranto,
e a minha flauta em lamentações:
Tende piedade de mim, Senhor,

pois nada são os meus dias.

Es recomendable acercarse al excelente estudio sobre Estêvâo y la utilización de la música ficta: Musica ficta and Implied Chromatic Inflexions in the Music of Estêvão Lopes Morago de Pedro Sousa Silva.


Incluyó el programa obras del clérigo pacense Juan Vázquez: Kyrie, Agnus Dei, Sanctus, etc, de su enciclopédica composición exequial titulada “Agenda Defunctorum”. La única composición sacra del autor que ha llegado a nosotros. Una  extensa obra abrumada por el éxito en vida de su vertiente profana. Casi todos los episodios polifónicos de la “Agenda” están basados en alguno de los temas del canto llano. En las partes a voces, Vásquez hace uso alternativamente del estilo homofónico y del estilo polifónico con sencillez y maestría.


Duarte Lobo se halla a caballo entre el renacimiento y el incipiente barroco, siendo el autor más famoso de su época. El grupo luso interpreto´ “Sequentia-Dies Irae”. Duarte Lobo (también estudio en Évora), se mantuvo al margen de las directrices vigentes en Italia, a pesar de vivir en época de auge del barroco. Alejado de los experimentos de Monteverdi, siguió componiendo con la técnica renacentista de Palestrina, pero agregando disonancias más modernas. De este modo se convierte en un híbrido fascinador que mira hacia las dos épocas desde sus obras. Musicalmente, Portugal se queda durante mucho escribiendo al "modo antiguo" porque no hay nadie que venga a modernizar la polifonía. Como si sucediera en España, con la arribada de Tomás Luis de Victoria. La española era una cultura muy hermética, religiosamente hablando. Victoria trae otra luz de Italia que consigue permear el “cerrado y sacristía” de la música patria. Mientras tanto. Portugal mantiene en su polifonía una sensación de penumbra y cerrazón de la propia sociedad portuguesa. A cambio, las partituras resultantes son muy íntimas,  intensas, preñadas de un oscuro misticismo. Así se mantiene durante muchos años. Resulta difícil percibir en ella verticalidades como las que se puede encontrar en la polifonía italiana. Esas grandes amplitudes de tesituras, que de repente nacen, y donde las voces parece que se van al cielo. Lobo recibe bastantes influencias de la escuela franco-flamenca, con su canto firme y técnica canónica y de los post-tridentinos.





Estêvâo de Brito (1575-1641). Aunque en otras referencias data como nacido en 1577. Estudió con Filipe de Magalhães en la Sé de Évora. Estêvâo de Brito utiliza, en general, en sus motetes frases cortas de dos a cuatro notas y se desarrolla en estilo imitativo a través de las diferentes voces. Es una música en general muy viva, También usó una variedad de valores de notas como semicorcheas y ritmos punteados que aparecen en lugares especiales, dentro del texto, para resaltar algún pasaje específico. Para ser maestro de Capilla de la Catedral de Badajoz se vio obligado (desde el reinado de Felipe II, requería la probanza de la limpieza de sangre) a demostrar dicha limpieza, ya que el cabildo pacense formulaba esta exigencia. Así pues Esteban de Brito viajó a Portugal para obtener los comprobantes necesarios. Durante su estancia en Málaga con cargo equivalente al de Badajoz, se destapó como bastante indisciplinado, reuniendo multas y llamadas de atención del Cabildo.


Frei Manuel Cardoso. Los intervalos aumentados, junto con las relaciones falsas y ciertas inflexiones cromáticas en cadencias, eran rasgos permanentes del lenguaje del organista Manuel Cardoso. Su manejo de las técnicas puramente renacentistas era más variado. Con líneas melódicas largas no alterados por cadencia. Juega con las contradicciones cromáticas, tan al uso entre los compositores ibéricos de la época. Este peculiar estilo mixtura una ambigüedad tonal con entradas inesperadas e intervalos cromático. El “Ofertorium” da lugar a contrapuntos muy vivos, pero la atmósfera de placidez y devoción predominan en esta “Missa pro Defunctis” a ocho, homófona y sencilla, de armonías, coloración y modulaciones personales. Del Frei Manuel Cardoso se puede encontrar una excelente grabación realizada por The Tallis Scholars. La agrupación vocal “Olisipo” interpretó, con la intensidad requerida, el  Responsorium-Liberame, Domine a cuatro. La única parte SATB de esta misa de réquiem para seis voces (SSAATB), que se incluye en el libro de misas de 1625
 Canto llano en estado puro. Heredero del dominio del contrapunto de su maestro; Manuel Mendes; Cardoso utiliza para el revestimiento de sus obras un lenguaje expresivo, técnicas muy propias y estética audaz. 


Atrevimientos sonoros que no practicaban sus contemporáneos portugueses. Por ejemplo, el uso frecuente de la disonancias, consonancias y cromatismo contradictorio, con un manejo poco ortodoxo del sistema modal. Fue Cardoso quien mezcló con éxito el antiguo y el nuevo, produciendo su propio estilo de gran carácter.  Las “Misas” de Cardoso utilizan la técnica renacentista de "parodia". Es decir, se construyen a partir de material musical preexistente. Misas del primer libro se basaron en los motetes de Palestrina. El "Libro de varios motetes" (1648) incluye las lecciones de la Semana Santa. Tal vez las obras más conmovedoras del manierismo musical portugués. 
Lamentablemente muchas de sus creaciones, fueron destruidas por el terremoto de 1755. Este responsorio ofrecido por “Olisipo”, es de efecto hipnótico y se despoja de las seis voces de la misa, para pasar a SATB (soprano / alto / tenor / bajo), en brazos de una  repentina austeridad que nos lleva de nuevo a la temas solemnes tratados en el texto. Sobre este freire se encuentran en el Archivo Musical de la Catedral de Sevilla el Libro de facistol nº 21: Misas de Manuel Cardoso. Códice impreso sobre papel de 126 folios. Contenía dos obras para el rito de la Aspersión: Asperges y Vidi aquam, siete misas, dos motetes y el responsorio “Libera me Domine”. Se encontraba en muy mal estado y estaba ubicado en la capilla de la Granada. Cardoso era el compositor portugués más difundido de su tiempo, su reputación habría sido más internacional si la editorial de Amberes (Plantin) hubiera aceptado una oferta que Cardoso hizo en 1611 para publicar sus obras. Al final, Plantin demostró ser demasiado costoso para este compositor relativamente provincial. Lo que le hizo que su música fuese menos cosmopolita que la de sus coetáneos.

Se encuadró este concierto dentro de las actividades que el InDiCCEx lleva a acabo para rescatar la polifonía “rayana” y el patrimonio musical fronterizo. Destacar la excelente fonética del coro, su balance y elegancia. La capacidad de transmisión y estilo depurado, que trasladó al público a aquellas grandes exequias que se oficiaban en catedrales y capillas, donde todas las vanidades mundanas se elevaban al cielo. Al igual que se elevaban los melismas que esta agrupación regaló al público pacense.

Grupo Vocal Olisipo:
Elisa Cortez (Soprano)
Lucinda Gerhardt (Mezzo)
Carlos Monteiro (Tenor)
Armando Possante (Barítono y Dir.)





viernes, 10 de febrero de 2017

Morir Bajo tu Cielo. Juan Manuel de Prada

                   

Siempre hay que recomendar prudencia a la hora de aproximarse a ese pretendido “género histórico” que; hoy en día; parece instalarse con comodidad en el mercado. Aunque también lo haga entre lectores poco proclives a continuar; tras la lectura del libro; la investigación particular para averiguar que aspectos han sido novelados (in stricto sensu) e investigar que personajes, situaciones y conceptos han sido cambiados o aprovechados por el autor, navegando muy por encima de las realidades históricas y antropológicas. No es preciso que estas obras sigan la estela de monumentos literarios como “El Nombre de la Rosa”; enciclopédica aproximación histórica; plena de detalles fidedignos, conceptos y personajes verosímiles. Habitada de criaturas reales y palpitantes. El principal escollo que encuentra el lector amante de esta variedad literaria, es el sinnúmero de ediciones “pretendidamente” históricas, cuya única relación con el género consiste en situar a los personajes en un determinado escenario cronológico. Pero sin aportar geografías, hechos verídicos y (sobre todo) pensamientos o acciones conformes al ideario de la época. Otro de los peligros, nace de los que reescriben la historia alimentados de ideologías funestas o sectarismos interesados. Autores de los que hay que escapar “a toda priesa. Su aportación; cuando menos; devendrá  opúsculo mostrenco y manipulador. Juan Manuel de Prada aborda el sitio de Baler (Filipinas) con notable conocimiento de lenguajes, costumbres y formas de pensamiento acordes a la época. 

Trata con respeto al lector (lo cual es de agradecer). Se ciñe a hechos históricos, pero sin detrimento de la capacidad de novelar, de crear personajes sólidos, certeros y ¿por qué no? con variaciones que enriquezcan el corpus novelístico, sin afectar en exceso la verosimilitud histórica. Es el caso del personaje, reinterpretado por el autor, del capitán Saturnino Martín Cerezo, presentado como un desnortado, víctima de los acontecimientos personales. Quienes hayan leído el libro “El Sitio de Baler, notas y recuerdos”, escrito por dicho oficial, sabe que nada tiene que ver aquel equilibrado miajadeño, con la creatura nacida del imaginario de Juan Manuel De Prada. No es De Prada un autor accesible para el lector medio. Su fresco histórico sobre la resistencia (absurda y heroica) del último reducto español en Filipinas, es la mostración de un imperio de cartón-piedra. Un imperio donde se ya se estaba poniendo el  sol. El estoque para esta quimera lo daría la historia durante la Guerra del Rif. Al igual que en Filipinas, tan sólo trajo dolor y destrucción absurda de vidas humanas, para devolver territorios que no correspondían a la bandera de España. En aquella contienda estaba latente el germen de la guerra que después partiría en dos la sociedad. Una guerra cuyas consecuencias aún se sufren, cuyas heridas siguen abiertas. Juan Manuel de Prada había revisitado esta contienda en su obra magna “Las Máscaras del Héroe”. Una novela coral (sin duda de las mejores de los últimos tiempos). Homenaje nada velado al esperpento, a la bohemia y ajuste de cuentas (valleinclanesco, por supuesto) con  determinados personajes históricos e ideologías. El escritor hace uso de una cruda narrativa; áspera y escatológica; creada con  diáfana intención de “epater le burgeois". Posteriormente en “El Séptimo Velo” el autor refleja, con su habitual prosa, la Francia ocupada. Sin duda sus cimas estilísticas se hallan en  “La Vida Invisible, una road-movie anímica en busca de una pin-up de los años 50.  Barojiana busca. Sórdida, con gran destreza narrativa y juegos con los paralelismos. Una apuesta metafórica de gran inventiva. En el libro de cuentos “El Silencio del Patinador”, el virtuosismo estilístico de este heterodoxo llega a su cumbre. No sólo en lo externo o la envoltura. La capacidad que posee  la pluma de De Prada para la ironía, para fustigar a los enfermos de mediocridad en este aquelarre lingüístico, roza la matrícula de honor. Por “Desgarrados y Excéntricos, desfila toda una “Santa Compaña” de gárgolas literarias, de deformidades volitivas, parodias de humanidad con nombres de “literatos bohemios que soñaban con ser literatos” (entre ellos el propio protagonista de “Las Máscaras del Héroe), junto a la fracasada comparsa de literatos malditos como Buscarini o Silverio Lanza. En Su obra primeriza “Coños, una burla metódica de los géneros, con un nada oculto “título-homenaje” a Gómez de la Serna, ya aparecía su gobierno insuperable de la retórica. El goce de coquetear con la fina ironía. Ese barroquismo “sucio” donde lo sicalíptico, lo grotesco y lo grosero se subliman a través del lenguaje ¡Y que lenguaje!


“Morir Bajo tu Cielo” narra una historia absorbente con un envoltorio estilístico que no gustará a determinados lectores. De Prada se halla en ese dudoso podio donde también se sitúan autores como Muñoz Molina o Javier Marías, de digestión harto difícil para algunos lectores más habituados al “fast food. O para aquellos adoctrinados y de lectura sectaria, que no consiguen ver el bosque a causa de los árboles. La obra está documentada con seriedad, incluso con el uso de la variedad lingüística de la zona; algo que agradece el lector con pedigrí de novela histórica. Hay un respeto cronológico en lo épico y en lo cotidiano y las tramas paralelas se funden sin que chirríe la lógica narrativa. No renuncia  el autor a la dialéctica de matices filosóficos o morales, pero sin abandonar nunca su domino de la ironía y el sarcasmo. Los personajes tienen fisicidad. Son palpitantes y reales, a pesar del anacronismo que se desprende de algunas conductas, perfectamente admisibles en el terreno de la ficción. Son pocas las situaciones que ha reformado o adaptado con respeto a los  hechos históricos, únicamente las que se derivan de las acciones o pensamientos de los personajes imaginados. La novela es un catálogo exhaustivo de aquel momento histórico, de personajes y situaciones que se introducen bajo la piel por su humanidad y excepcionalidad. Sórdidos lupanares, la terrible sociedad secreta Katipunan, villanos patológicos y rocambolescos, los cazadores de cabezas ilongotes, monjas anacrónicas; adelantadas a su tiempo; desertores, espíritu folletinesco y toda una panoplia de seres humanos plenos de virtudes y bajezas. Con algunos instantes deudores del más puro wenstern, frente a diálogos donde la crítica social o la denuncia de unos gobiernos ineptos y nefastos, causantes de las desgracias de sus ciudadanos, aparecen con dolor y tristeza. Aquella España de la Restauración, espejo de otras posteriores, donde campaba la corrupción, el fariseísmo y la codicia, recibe un repaso contundente y necesario. Quien desee avanzar en el conocimiento real de esta “hazaña” histórica tan solo debe acercarse al libro escrito por el protagonista real de los  hechos, donde en idioma arcaizante; como corresponde; podrá seguir el devenir real de aquellos acontecimientos que llevaron el sufrimiento innecesario a tantos hombres, en la pluma del capitán, oriundo de Miajadas.

Otro libro escrito por Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March,, correspondiente a los Episodios Nacionales Contemporáneos, tomo nº 2, titulado “Héroes de Filipinas”, se encuentra lejano al acontecer político e histórico, que ya había sido tratado en el tomo correspondiente a Cuba. La visión de este matrimonio de escritores está centrada en incidentes novelescos, de exaltación épica de la lucha colonial en aquel archipiélago. Prevalece la vitalidad narrativa, más que la insistencia en corruptelas políticas o denuncias sociales. El periodista Manu Leguineche; profeta de la narrativa periodístico/histórica; escribió “Yo te diré”, homenajeando el título de la canción que se utilizaba en la película “Los últimos de Filipinas”. Con su habitual y entretenida prosa, a caballo entre el reportaje y el guión cinematográfico, nos cuenta los últimos días del Imperio de Ultramar, con aparición del escritor extremeño Felipe Trigo. Lorenzo Mediano es el autor de “Los Olvidados de Filipinas”, una novela donde predomina la acción, basada en su abuelo y en hechos reales, no exenta de presentar personajes abyectos en todos los bandos. La novela es un paseo bastante completo por Filipinas, sus pueblos, su cultura y las consecuencias de una guerra no convencional. La profunda religiosidad de la época y los testimonios que aseguran todo lo contrario. En cuanto a las versiones cinematográficas nos encontramos con dos claros ejemplos de manipulación ideológica. “Los últimos de Filipinas”, de Antonio Roman (1945) es un claro ejemplo de cómo la producción española se dividió en dos claros frentes: el folklórico y el de exaltación bélico/nacional, para reflejar las virtudes y mitos del ideario nacional. Ejemplo señero de utilización ideológica y panfleto del Régimen, con los valores de la falsa epopeya. Teñida de un rancio concepto de militarismo y sentimiento patriotero, para mostrar al mundo una nueva epopeya numantina. En el caso de “1989. Los Últimos de Filipinas, de Salvador Cano (2017) nos hallamos ante el frente contrario. 
Una notable producción cinematográfica, donde la manipulación (o el desconocimiento) intentan imbuir en unos personajes de aquella época, pensamientos, actitudes y motivaciones imposibles históricamente, en aras de una nada sutil ideologización con diálogos dudosos y anacrónicos. Analizar el impacto en el público de una novela de estas características precisa de un conocimiento previo del terreno. Siendo el cainismo una de las características mas arraigadas en nuestro terruño, donde a locutores, escritores o artistas se les juzga por pertenencia (o no) a la cuerda de cada uno. No es difícil escuchar anatemas, sapos y culebras contra determinados profesionales en función de que no pertenezcan a la ideología (o al sectarismo) de quien se expresa. Estos parámetros para juzgar asuntos culturales, no tienen cabida en un país maduro, que debe juzgar el trabajo de un profesional por su calidad o aportación. Independientemente de la cuerda. Hoy por hoy esto es un sueño en nuestra sociedad.
Por esto, De Prada levanta tempestades, como el título de su novela ganadora del Planeta. Adivino que le traen al pairo el rasgado de vestiduras entre sectores radicales y ágrafos.
En “Morir Bajo tu Cielo” están las constantes y estilemas del autor: la querencia por el adjetivo, los neologismos, la redención del sustantivo arcaizante, las persistentes referencias culturales y juegos de palabras, que dificultan el acceso para el prototipo de lector “reader´s digest”, de digestión rápida. Los personajes están vivos, palpitantes, preñados de ese “dolor de España” noventaiochista. Con algún desliz maniqueísta en los villanos y una acción trepidante. Incluso en los instantes de reflexión sesudo/filosófica, el lector avezado disfrutará de la profundidad de los diálogos y el  hábil manejo de un lenguaje barroco. Un idioma virtuoso, de los que se echan de menos en las estanterías y anaqueles. Novela histórica con mayúsculas, habitada de héroes fordianos, con pies de barro. Henchida de espíritus indomables, con aroma de folletín decimonónico. De Prada se ríe, con su pluma espeleológica, de los peces de colores. Se burla de la literatura que tras una pretendida “modernidad” esconde la ignorancia de oración/sujeto/predicado. Amén del desconocimiento de adjetivos, juegos lingüísticos y contradicciones, que él maneja con precisión de orfebre. Se parte la caja de la literatura que únicamente esconde tras la torpeza (y la pobreza) de su arquitectura narrativa, la pestilencia de  panfletos sectarios y adoctrinamientos. Eventos celebrados con bombo y platillo por los pesebreros, monaguillos y palmeros varios de la cuerda reinante. “Morir Bajo tu Cielo”, verso extraído de un poema de Jose Rizal, es una novela con mayúsculas. Un desfile procesional de masones obnubilados, revolucionarios pordioseros, yanquis trapaceros, descripciones solanescas, para una epopeya quijotesca e innecesaria (como toda epopeya), con homenajes a “La Reina de África”. Fue pergeñada hace años como guión, para una posible película con Jose Luis Garci. Una novela enorme, densa,  nacida de la pluma agraciada de uno de los mejores escritores de su generación. Si a alguien le pica, recomendamos el rascado compulsivo…




lunes, 6 de febrero de 2017

Silva de Sirenas. Ciclo Juan Vázquez


Con el Salón de Plenos de la Diputación lleno de público, dio comienzo el nuevo ciclo que ofrece el Instituto Extremeño de Canto y Dirección Coral. Centrado en la figura del clérigo y polifonista Juan Vázquez. Una loable empresa; contra molinos de viento; la emprendida por el InDiCCex para rescatar el legado musical, poético o artístico, de nuestro terruño en la figura de este enorme autor y de otros que se han podido escuchar en ciclos anteriores. Como las últimas e interesantes propuestas del Coro “Amadeus” alrededor de la música en el Monasterio de Guadalupe.

El Dúo “Silva de Sirenas” toma su nombre del libro de Enríquez de Valderrábano, vihuelista y autor de “Libro de Música de Vihuela intitulado Silva de Sirenas”. El programa con el hermoso titulo de “Juan Vázquez, el arte de tañer con palabras”, donde las obras más “populares” del antiguo sochantre de la Catedral conviven con la época dorada de la vihuela renacentista. La soprano Cristina Bayón cuenta con una amplía trayectoria en el mundo de la música antigua; un repertorio que es territorio oferente de las sopranos soubrettes; colaborando en agrupaciones como la Orquesta Barroca de Sevilla o “Marizápalos”. Luz María Martínez Pérez ha perfeccionado la técnica del laúd entre otros con Paul O´Dette, un laudista enorme (en todos los sentidos) cuyos dedos de leñador canadiense, han contribuido enormemente al desarrollo y divulgación del laúd y la música antigua.
El programa presentado por Silva de Sirenas comenzó con el “Soneto Lombardo a manera de danza”, una interpretación con el laúd “a solo”, del enigmático Enríquez de Valderrábano, sobre cuya biografía apenas existe documentación. Fue el único vihuelista que creo nuevas fantasías a partir de obras instrumentales. El dúo ejecuta las obras utilizando el; antiguamente referido; “laúd de Flandes”, aunque las tablaturas originales fueron concebidas para el instrumento rey de le época, que era la vihuela, que estaba íntimamente relacionada con los entornos aristocráticos y cortesanos. El timbre del instrumento más melancólico e intimista (con permiso de la viola de gamba), de la música antigua (vía John Dowland), resulta más apropiado para  la ejecución de estas obras. Esta versión de una pavana italiana fue tañida por la laudista con ejecución certera, elegancia y técnica impecable. Estas obras posiblemente se denominen “sonetos” en su acepción de “son” o melodía, para diferenciarlas debido a su brevedad de las fantasías, pavanas, etc. Cada “soneto” muestra variedad de ritmos, duraciones, texturas, alrededor de ideas o emociones. Como era habitual, los vihuelistas de la generación de Valderrábano aprendían música a través de arreglos instrumentales de polifonía vocal.

“Beatus Ille” es un ejemplo del gusto de Mudarra por la poesía elevada, basado en los versos de Horacio.

“Diferencias sobre Guárdame las Vacas”. Ejemplos de las primeras variaciones de la historia de la música. Esta vez en la versión de Luys de Narváez (las de Valderrábano son más complejas), la tañedora ejecutó con sentimiento y depurada técnica un “Standard” que adquiere dificultad para la ejecución en la segunda y cuarta diferencia. Este compositor fue el primero de quien se conocen una serie de variaciones (diferencias) para vihuela. Basada en el esquema de la folía es un tema constante en las compilaciones de música instrumental. Son unas variaciones autónomas basadas en el “basso ostinato” que terminaron llamándose Romanescas. El carácter cerrado de cada variación quizás estatiza la obra, aunque crece la intensidad  y las texturas se hacen más complicadas. En la tercera y cuarta de las variaciones son dobles, variando cada una la mitad del ostinato.  El texto comúnmente se atribuye a Cristóbal de Castillejo. La obra para vihuela de este autor posee un delicado aire cortesano, sin perder una grafía de influencia popular. Milán se distingue de otros vihuelistas por la concepción totalmente vihuelística de las obras, su capacidad improvisadora y su imitación polifónica sin nunca llegar a ser tal. Ensueños de polifonía fingida. 

“¡Con que la lavaré? De supuesto origen popular. Villancico de Vázquez de su segunda colección editada en 1560, pero obviamente compuesto antes por encontrarse en la colección de Fuenllana,
 
Fuenllana tenía una especial querencia por la obra de Juan Vázquez, por ello aparecen en el programa diversos “villancicos” de este autor: ¿Con que la lavaré? (el que más aparece en las fuentes del siglo XVI), De los álamos vengo, etc, en versiones popular para voz y vihuela.

“Fantasía XI del primer tono”. Es una fantasía “a lo viejo”, por el modo de templar el instrumento. Sobre un motivo cuyo ámbito no sobrepasa tercera menor, gira con imitaciones y variedad de glosas. La composición esta habitada de una inefable melancolía que la laudista extrajo con notable sentimiento y dominio.

 O Gelosia d´amanti. En las composiciones de Mudarra para vihuela es la voz la que predomina sobre textura de acordes con un efecto homofónico. La vihuela interpreta las partes de polifonía imitativa mientras la voz sigue una línea de textura polifónica y madrigalesca, Esta basada en el  SONETO VI (Iacopo Sannazaro, L´Arcadia) en la que su uso sutil de la ornamentación es también digno de mención),
 
De indudable belleza, la obra desgranada por los dedos de la tañedora: Pavana y Gallarda de Alexandre. Este es una de las obras de Alonso Mudarra y de las más afamadas. Con influencias de un viaje a Italia, este compositor, de nacencia desconocida, destilo una pieza de profundo lirismo, evocadora de Arcadias perdidas. Se trata de una pieza de carácter modal que juega con elegancia con el motivo, que se desarrolla a través de sus diferentes voces. Posiblemente se trate de una versión para vihuela de la obra de Alexandre Agrícola, compositor belga. Se trata del primer caso de música instrumental impresa en que la pavana aparece acompañada de una gallarda. Resuelta con sensibilidad y precisión por la intérprete. La gallarda era una danza tempestuosa, pero la de Mudarra tiene solemnidad y dignidad en el aire, con medida binaria y un ritmo interno que actúa de acentuación ternaria. Es el complemento ideal al aire cortesano y la cadencia melancólica de la pavana.

 

Passeávase el rey moro.” Un romance del género fronterizo que hubo de prohibirse porque “provocaba llanto y dolor”. Narváez es el primero en convertir en género de música instrumental escrita las prácticas orales improvisadas que se mantenían desde antaño en España. En compás binario, no es un acompañamiento "en consonancias", es decir un mero acompañamiento de la voz protagonista. Consiste en un acompañamiento de segundo tipo: el punteo, con una escritura a base de redobles, glosas y diferencias. En este caso el verdadero protagonista es la vihuela. Siendo la voz un pretexto para el floreado juego polifónico en este estilo que se podría llamar "cortesano".

 
“Tant que Vivray”. Se trata de una “chanson” natural y sencilla. Fue una de las obras más difundidas del XVI. Es la única que tiene una segunda versión glosada en el libro ya que Fuenllana no era amigo de glosar al modo itálico, ni del artificio. Claudin de Sermisy compuso 175 “chansons” elegantes, luminosas y leves. Esta obra es de ritmo sencillo, de compás binario y homofónica. La dinámica prevalece con fuerza en la segunda parte sobre la suavidad de la primera. Este estilo que podríamos llamar cortesano. Compuesta originalmente para coro mixto con acompañamiento instrumental. Chanson francesa: se trata de una forma profana del renacimiento que guarda relación con otros tipos de canciones como el madrigal italiano o el villancico de España. Este compositor huyó del estilo ostentoso, buscando acordes o silabas sencillos y ligeros. La voz densa, amplia de registro de Cristina Bayón desgranó esta hermosa melodía de cadencia claramente francesa, siendo una de las que más agradaron al público.
 Era frecuente en las fuentes musicales profanas del Renacimiento la mixtura de argumentos de tradición popular como la interpretada en el villancico “Isabel perdiste tu faxa, de claro e irónico concepto popular, con obras de argumentos más elevados. Es un ejemplo de villancico que no adapta la forma usual, ya que utiliza: estribillo/finalizando en la vuelta sin repetir.


Como colofón, el dúo regaló dos obras ante los intensos aplausos. La inusual versión vocal del aire “La Folía: Yo Soy la Locura”, aunque en realidad se trata de un “passacaglia”. Compuesta por el laudista de la Corte Francesa Henri du Bailly, de letra anónima, claramente influenciada por Erasmo de Rótterdam. La elección de castellano muestra que se trataba de idioma cortesano y de moda. Una ejecución en la que el laúd sabe permanecer en un segundo y sosegado plano, con función básicamente rítmica, con apenas florituras. La soprano Raquel Anduela, en su grabación del mismo título, se acompaña de tiorba y guitarra barroca. Se compuso respondiendo a la moda española, imperante en la corte francesa. Está reseñado por Gabriel Bataille en “Airs de varios autores. Quinto Libro”. El timbre nostálgico y punzante del laúd es más apropiado para esta hermosa obra que Cristina Bayón interpretó con carencia de artificio, sencillez y desnudez en el arreglo. Es de agradecer que, al uso de la época, la soprano acompañe las interpretaciones con dramatización y gestualidad acorde a las letras. Un detalle olvidado por algunos intérpretes de este repertorio. Perfecto el tempo y acorde con esta adaptación. En otras versiones, la profusión de instrumentos acerca más a un aire de danza este “Air de Cour” que a la nostalgia necesaria para estos versos: 

Yo soy la locura,
la que sola infundo
placer y dulzura
y contento al mundo.
Sirven a mi nombre
todos mucho o poco,
y no, no hay hombre
que piense ser loco.

Este “tono” puede encontrarse en el “Cancionero Musical de Lope de Vega”. Vol. III. Poesías cantadas en comedias, del musicólogo Miguel Querol Gavalda.


Un hermoso concierto, un recorrido por el período de oro de la vihuela, por la España llena de contrastes del XVI, por las partituras de un clérigo pacense que hoy en día se está recuperando gracias a estas iniciativas. El dúo Silva de Sirenas paseó al público por las intabulaciones escritas a la luz de velas, por salones luminosos de la corte francesa y solitarios chamizos donde se originó una letra o melodía que luego sería recogida y sublimada por estos autores. Numerosos aplausos y el público en pie. Un lujazo... 

viernes, 3 de febrero de 2017

Teatro Maldito y Bendito. José Manuel Villafaina


Sumergirse en el prólogo de esta aventura literaria de José Manuel Villafaina, nos regala un aroma metateatral, amén de un sinfín de anécdotas reales y suculentas. Algunas, sospechadas. Otras, auscultadas en los mentideros de nuestra Villa y Corte. El cosmos revelado por este dramaturgo pacense, narra las vivencias, intrigas y sinsabores del cómico constreñido por los poderes fácticos, por la estulticia secular de los jactanciosos, y el poderoso caballero quevedesco titulado “Don Dinero”. Mundologías que servirían de argumento para una ácida sátira del Darío Fo más desatado. El universo (real y cotidiano) que muestra Villafaina; tanto en la introducción, como en las obras editadas; haría las delicias de Pirandello y su “antiteatro”. La falsedad de las relaciones humanas, el juego de máscaras derrochado por los personajes reales, superan cualquier ficción escrita para la galería, Todas las vanidades mundanas procesionan por estas páginas. Pesebreros; rumiando en la cuerda política reinante; mendicantes anímicos, menesterosos intelectuales. Pícaros de menor cuantía, hidalgos de miga de pan en la pechera. Toda una variada “Corte de los Milagros”, latente y tan identificable, que dificultaría su representación.


Una obra como “Historias de Filemón”, dada su cercanía a personajes reales, tiene una difícil traslación al escenario. “Historias de Filemón”, destila una temática similar al “Parnaso Literario”; otra obra irrepresentable por razones obvias; de Bartolomé Collado, su compinche en correrías nada edificantes (culturales). No en vano estas apostasías contra el poder cultural establecido, se gestaron en la tertulia literaria denominada humorísticamente como “Maldita”. Allí, literatos exiliados de las prebendas oficiales; trataban de construir un espacio (semanal y cultural) sin débitos con los gestores públicos. Caldo de cultivo de creadores “freelance”. Autores apestados para los cenáculos administrativos. Filemón irrumpe como un “alter ego” incomodo, como una mosca cojonera de las tramoyas que se gestan en despachos y canonjías, descubridor de las nefastas corruptelas entre bambalinas.  Sevicias administrativas de las que el ciudadano no llega a tener conocimiento. El autor presenta este “Filemón” como un ensayo satírico. “Inspirado en hechos reales”, como los telefilmes de mediodía. Pero en este caso; lacerantes y aún sangrantes; por tratarse de componendas y picarescas llevadas a término mediante el uso de fondos públicos, a espaldas del espectador/ciudadano.




El “churro” metafórico que porta el payaso con patines, simboliza toda esa casta de mediocridad que se eleva merced a las marionetas y titiriteros de la política. Metafórico bufón de esa querencia por el postureo (tan cara a esta generación). El personaje encarna el pernicioso vicio de la apariencia, raíz de todos los males culturales. La escena final, con el artisteo pugnando miserablemente por obtener el  jamón serrano, mientras la oscuridad se cierne; lenta y certera; sobre el mundo cultural, deviene parábola; latente y dolorosa; de una realidad que supera todo lo imaginado en la creación literaria. Un entorno hostil, en el que el autor cree “imposible llegar a la edad de la razón”.
En “El Traje Nuevo del Emperador”, el dramaturgo utiliza las referencias del Infante Don Juan Manuel, Andersen y Cervantes para crear una divertida sátira para todos los públicos. Al son de murga carnavalesca (pacense sin duda), el país de Pomponia descubre con indignación la fatuidad de sus gobernantes. La estulticia de quienes se creen poseedores del saber, de aquellos que viven de la apariencia y la arrogancia más iletrada Sin excluir; con verbo clásico y certero; una ácida crítica a la banalidad de las pompas mundanas. Altamente recomendable para su representación ante un público infantil, con mensaje de redención final y divertido análisis de la realidad actual, donde los pomponianos se burlan de aduladores, plumíferos, y variada fauna de adefesios, entre un claro homenaje a las carnestolendas. Pero Villafaina tiene para Tirios y Troyanos, para repartir estopa a tanto leguleyo, a tanto abanderado de la mediocridad, a tanto espadachín del absurdo. Por sus obras desfilan el menesteroso, el tiralevitas institucional, el mediocre que a golpe de “dar la brasa” y amiguismos varios, consigue que le publiquen un olvidable y pordiosero opúsculo, especulando que ya ha pasado a las Antologías Literarias. Son personajes vivos, palpitantes, de una fisicidad reconocible. 


La siguiente pieza podría devenir esperpento valleinclanesco en su génesis. Aunque tratándose de aquestos predios, la astracanada sería el género más exacto para definir el surrealismo de la historia. Me refiero aquí a la intromisión de los “de arriba” en el hecho cultural. A la osadía flagrante del zascandil que irrumpe, como elefante en cacharrería; en el mundo del arte. José Manuel Villafaina narra como el tradicional “Auto Sacramental”, que se representaba tras la cabalgata de Reyes Magos, fue borrado del mapa vía politicastros de turno. La metamorfosis del gusano no devino mariposa, sino sapo iletrado con un desfile esperpéntico donde el “panem et circenses” se convirtió en publicitaria panoplia de marcas comerciales, a golpe de caramelos. La historia de cómo algún rústico suprimió a golpe de decreto un acto cultural de ese nivel; que archivaba una tradición medieval; define a los indoctos personajes que participaron en la turbia trama, y supera el argumento de cualquier comedia negra. No dispuesto a rendirse ante la infecundia cultural del entorno, el gurú de la crítica teatral, contactó con el poeta Bartolomé Collado; decano de la poesía extremeña; para responder a las manipulaciones políticas con el noble ejercicio de la cultura. De esta colaboración surgió “La Estrella de Belén”, una obra de verbo clásico, respetuosa con la tradición, sin huir de diálogos incómodos, fruto de la investigación del autor en astrología, geografía, etc, que dotó a la aventura de densidad dramática y un corpus señero. Cumplióse el refrán: “Nadie es profeta en su tierra”. Las instituciones iletradas y los fantoches corporativos, dieron la callada por respuesta en un alarde de gallardía y pasión cultural.  El auto, compuesto en once cuadros, fue reconocido por expertos como Miguel Ángel Teijeiro Fuentes; profesor de literatura de la Universidad de Extremadura y autor de “Cervantes: Camina e Inventa”, “El Teatro en Extremadura en el Siglo XVI”, entre otras obras. También recibió mediante misiva la felicitación del Cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificium Consilium de Cultura del Vaticano: “En la obra el ritmo fresco y acompasado de contenido bíblico, conjuga admirablemente piedad y expresión literaria”. Todo ello pese a tratarse de diálogos nada complacientes, que abordan temas espinosos corrientemente evitados por la teología literaria al uso. Esta ignominia de involucionismo cultural que arrancó de cuajo una manifestación tradicional y popular; amén del bochorno histórico de los perpetradores; supuso la manifestación más flagrante de la permeabilidad y orfandaz del hecho cultural frente a la arbitrariedad de gestores tiralevitas. Gerentes de chaqueta indecisa al servicio de intereses adulterados. Ellos y todos sus acólitos, monaguillos y palmeros de las subvenciones oficiales desfilan por estas páginas como una comparsa de mediocridades.
En “El Coquí Enlatado” aparece la nostalgia de un autor cosmopolita, viajero irredento, que aprecia el terruño donde le acogen. Un texto que durmió en un cajón a la espera de ser rescatado por Diana Carmen Cortés, estrenándose en el Centro Social de la barriada de “El Gurugú” y en el colegio OSCUS. Aunque la versión final, tristemente llegó con la constatación de que Puerto Rico se había deteriorado, convirtiéndose en colonia “de facto”, donde las corruptelas, la deuda externa, el desempleo campan a sus anchas. Nada nuevo bajo el sol. Con la inspiración del croar del coquí; rana cantarina y símbolo cultural del país; esta obra para niños y adultos habla sobre la posibilidad de redención. Una historia de amor, con posos de espiritualidad, que no rehuye el hachazo frontal al colonialismo, al servilismo y los poderes fácticos. Con utilización de vocablos comunes a la bella isla. Un hermoso y didáctico cuento, preñado de referencias donde aparecen peculiaridades autóctonas como el guaraguao, el  pitirre o el pequeño coquí. También se utiliza el particular y rico léxico popular con expresiones como “rajado”, “p’arriba”, “compay”, “flamboyán”, etc. Tres payasos (Le, Lo, Lai) que simbolizan la bandera nacional, exteriorizan un cuento con un profundo mensaje social y humano.
Villafaina le adeuda a la platea su permanencia como cronista de pompas y fatuidades profanas. Le adeuda horas de insomnio, sedente ante el teclado (o ante el tintero). Alguien debe seguir dramatizando tanto clientelismo cultural, tanta endogamia literaria, tanto amiguismo pesebrero. Así sea.