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domingo, 6 de agosto de 2017

Hamlet. Una revisitación de lujo. 33 Festival de Teatro Clásico de Alcántara. Teatro Clásico de Sevilla

                        






Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio. Que las que sospecha tu filosofía.
 Un octogonal laberinto que espejea las almas de los participantes en esta tragedia. Un suelo que adquiere vida propia y refleja la pasión, el dolor o la locura en su continuo transmutar. Un vestuario apabullante, casi palpitante que compite (y se hibrida) con el cromatismo reinante. Esto, y mucho más, es lo que ofrece esta notable revisitación del mito isabelino.
Un Hamlet al que la insanía le otorga cordura, que adquiere la lucidez de ver la realidad en medio de las tinieblas., interpretado excelentemente por Pablo Gómez-Pando. 
Un príncipe de Dinamarca (nada dubitativo) que declama a ritmo de ametralladora, en difícil ejercicio lingüístico de una fisicidad extenuante. Una Ofelia, recreada por Rebeca Torres, de amplio registro, que se sale en la escena en que la locura se apodera de su espíritu ante la muerte de su padre Polonio, sostenido con temple y raza por Manuel Monteagudo, que da una lección de arte teatral en la escena del sepulturero.


Alfonso Zurrón desarrolla un Hamlet eminentemente visual, donde el cromatismo y el ritmo narrativo sin aliento; son apoyados por la música casi "metálica" (Jasio Velasco), en su justa medida, que va condicionando los tempos narrativos, las entradas y salidas de los personajes a través de los espejos. No es de extrañar que esta propuesta haya recibido tres premios ADE. Mejores Dirección (Alfonso Zurro), Escenografía (Curt Allen Wilmer) e Iluminación expresionista (Florencio Ortiz), una iluminación palpitante que extrae todos los recursos posibles de la escenografía y la intensidad dramática. Amén de ocho premios Lorca. entre otros. Multitud de instantes señeros, como el espíritu representado por una gasa etérea, la coreografía y posición en escena; acordes con las emociones humanas; el impactante entierro de Ofelia y los modélicos cambios de registro.
Este príncipe vagando por el castillo de Elsinore, es un escalofriante ajuste de cuentas con todas las agitaciones humanas: miedo, conciencia, venganza, arrepentimiento. 

El certero Hamlet, que nos sirve el Teatro Clásico de Sevilla, tiene notables hallazgos plásticos y dramáticos, momentos apasionantes como el duelo con espadas (Juan Motilla), instantes de intenso e hilarante verbo como las conversaciones del príncipe desnortado con los pánfilos Rosencrantz y  Guildenstern (sosias de Andy Warhol y Ángel Garó), o el diálogo del príncipe con Polonio, siendo estos los momentos donde más brillan los recursos de Pablo Gómez-Pando logrando la carcajada y la complicidad del espectador. Enormes están, también, Juan Motilla; de amplio rango sonoro y potente emisión vocal; Amparo Marín (Gertrudis) y Antonio Campos (Horacio), que pedía a gritos más extensión dramática sobre el papel para disfrutar del personaje. Plenos de "vis cómica" los "amigos" del príncipe, interpretados por José Luis Bustillo (Rosencrantz) y José Luis Verguizas (Guildenstern) o la poderosa presencia de Manuel Rodríguez (especialmente en el rol de cómico). Hamlet es una tragedia universal, pero también atemporal por eso el hecho de que el príncipe danés vista ropa anacrónica, no es más que una afirmación de la que las pasiones humanas no han cambiado, ni cambiarán, retornando eternamente entre los espejos.











Una versión del clásico que se convierte en imprescindible para todos los que quieran acercarse por primera vez al mundo shakesperiano, los que retoman tras largo tiempo de ausencias el verbo áureo o los conocedores del intramundo de Elsinore. Ninguno de ellos saldrá decepcionado. Hay muchas tablas y mucho saber hacer detrás de esta aventura donde el dramaturgo ya nos avisa de que: "En estos tiempos de corrupción, la virtud tiene que pedir perdón al vicio». Teatro en estado puro. Un acierto del Festival de Alcántara.


Para nada empaña el resultado algún pequeño lapsus  lingüístico, bastante comprensible en una obra de tal extensión y densidad, ni el desmesurado colapso final. El exceso dramático isabelino es de difícil digestión para nuestra época. Pero así la escribió el bardo de Stratford, y así seguirá siendo por los siglos. Después, solo queda el silencio. 




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