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jueves, 10 de agosto de 2017

Los misterios del Quijote. El triunfo de la “brujería”. 33 Festival de Teatro Clásico de Alcántara

                      



¿Otra vez a ver al brujo? Esta fue la lógica (por otra parte, aplastante) y asombrada pregunta de mi entorno. Traté de convencerles, a duras penas, ya que en poco tiempo habíamos visto a Rafael Álvarez en dos ocasiones. La primera en el López de Ayala en Badajoz, con la obra que suscribe y la segunda en el Teatro Sierra de Aracena con “Cómico”, Se escaparon de ver “El Asno de Oro” en Itálica por tablas. Pero el verbo sereno; heredado de las grandes plumas y mi lógica abrumadora; plagiando grandes filósofos; término desarmando a la “peña”: El Brujo es como el océano, flujo y reflujo. Un continuo devenir, bla, bla, bla, la respiración del agua, bla, bla, bla, el susurro del viento. Para evitarme la prédica “brujeril” (sabían que no iba a detenerme) terminaron accediendo y allende el río Tajo nos encontramos en el Conventual de Alcántara frente al desnudo escenario que utiliza Rafael Álvarez para sus nigromancias. Esta es la magia del teatro. 

El día anterior El Hamlet de la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla había impactado con una escenografía barroca, cromática y palpitante. Ahora un solo actor, habitado de sefardita sayuela, deambula por el escenario casi desnudo como “peonza que da vueltas y vueltas en un olivar sefardí” (con permiso de Sabina). Rafael tiene un público fiel que le  sigue, que reconoce sus sesgos, su liturgia verbal, la alquimia que imprime al verbo y el dominio del lenguaje gestual, tallado en muchas leguas de camino de este bululú contemporáneo. El Brujo es un juglar de lo heterodoxo, un nigromante que lo mismo coquetea con el mágico verbo áureo, que loa inmortales clásicos, que se burla del lenguaje absurdo y estulto de parte de nuestra sociedad o entremezcla vivencias personales (o imaginadas) con historias cotidianas (quizás reales) de personajes mundanos. El Conventual, lleno a reventar, disfrutó con la magia de este titiritero del lenguaje, con sus teorías sobre la autoría del “caballero de la triste figura”, con su verbo poliédrico y hechizador.


En sus manos, El Quijote cobraba vida, palpitaba. La manchega llanura se hacía real y las peripecias de los personajes, reales o imaginarios, se entremezclan en la turmix de su capacidad de improvisación, topan con el ajado cuero de su cervantina adarga. El Brujo nos habla sobre la misericordia, sobre la capacidad humana de perdón. Este es el mensaje final tras el cervantesco disfraz, tras la excusa de la literatura hay un desfacedor de entuertos humanos. Un nigromante del sentimiento que se lleva de calle al público. Y lo  hace con mentadas a clásicazos y recitados de poemas que, en otros foros, pondrían pies en polvorosa al respetable. Esto es encomiable. Acercar al pueblo las cumbres literarias mediante el humor. Resucitar con su liturgia verbal la palabra antigua. Sacar de los polvorientos anaqueles a aquellos que cimentaron con su pasado nuestro futuro. Un público que ya ha hecho suyas las brujeriles frases “A veces me confundo” “Me he separado, pero estoy bien”. Termina la función y nos damos cuenta que Rafael Álvarez lo ha conseguido de nuevo: Dejarnos con ganas de más. La liturgia ha finalizado y el Conventual se viene abajo. Los neófitos acaban de descubrir que el verdadero embrujo de Rafael Álvarez está en la palabra. Los veteranos se marchan con la “misericordia”, que el generoso hidalgo ha repartido, a buen recaudo en sus corazones. ¿Otra vez a ver al brujo? Sí, hija, sí. Y las que hagan falta…

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